Hay cierres que forman parte del ciclo natural de una ciudad. Un negocio cambia de dueño. Una empresa deja de ser rentable. Un restaurante baja la cortina porque los clientes ya no llegaron.

El cierre de una escuela pertenece a otra categoría.

El Colegio Stratford anunció que concluirá sus actividades después de 36 años en Cuautla. La dirección atribuyó la decisión al deterioro de las condiciones de seguridad que vive la ciudad. Más allá de las razones particulares de la institución, la noticia obliga a mirar un fenómeno más amplio: cuando la inseguridad modifica decisiones de esta naturaleza, deja de ser únicamente un problema de orden público.

Las escuelas representan permanencia. Son espacios donde las familias proyectan el futuro de sus hijos y donde una comunidad deposita parte de sus expectativas. Cuando una institución educativa considera que ya no existen condiciones para continuar, el impacto trasciende a quienes estudiaban o trabajaban en ella. También envía un mensaje sobre el entorno en el que esa comunidad intenta desarrollarse.

Con frecuencia medimos la inseguridad por el número de delitos registrados, las detenciones realizadas o los operativos anunciados. Es información necesaria, pero no siempre alcanza para entender sus efectos más profundos. Hay consecuencias que no aparecen en una carpeta de investigación ni en un reporte estadístico. Se manifiestan cuando una inversión no llega, cuando una familia decide marcharse o cuando una escuela, después de décadas de historia, concluye que ya no puede seguir abierta.

Quizá las pérdidas más importantes de una ciudad no comienzan cuando se escuchan los disparos.

Comienzan cuando el miedo cambia la forma en que las personas deciden vivir.

La verdad también pica.