Hay una idea que repetimos con demasiada facilidad: que el tiempo acomoda las cosas. Las noticias de hoy parecen demostrar exactamente lo contrario.

El Instituto Nacional Electoral sigue sin definir las reglas para los procesos adelantados rumbo a 2027, mientras los partidos ya comenzaron a mover sus fichas. Cuando el árbitro llega después del silbatazo, el problema deja de ser únicamente el reglamento. También empieza a ponerse en duda si todos entraron realmente a la cancha bajo las mismas reglas.

Algo parecido ocurre con los proyectos ferroviarios del Gobierno federal. El presupuesto de cuatro de las principales obras del sexenio volvió a aumentar antes de que concluyan. Después del Tren Maya y del México-Toluca, la discusión ya no gira solamente alrededor del incremento en los costos. La verdadera pregunta es cuánto terminarán costando cuando, por fin, estén terminados.

Y, al otro lado del Atlántico, Argentina volverá a enfrentar a Inglaterra en las semifinales del Mundial. Será un gran partido de futbol. Pero también un recordatorio de que, más de cuarenta años después de la Guerra de las Malvinas, hay historias que el tiempo no logra borrar. Puede alejarlas de los titulares. No de la memoria.

Las tres noticias hablan de asuntos completamente distintos. Una elección. Un proyecto de infraestructura. Un partido de futbol. Sin embargo, las tres terminan apuntando hacia la misma idea.

Con demasiada frecuencia creemos que el paso del tiempo resuelve los problemas por sí solo. Que las reglas terminarán por llegar. Que los sobrecostos encontrarán una explicación suficiente. Que las heridas acabarán cerrándose simplemente porque pasaron los años.

Pero el tiempo rara vez corrige una decisión.

Lo que hace es algo mucho más incómodo.

La deja madurar.

La expone.

Y permite que sus consecuencias terminen apareciendo frente a todos.

Quizá ésa sea la verdadera lección del día.

El tiempo no acomoda las cosas.

Sólo termina presentándonos la factura.

La verdad también pica.